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RAUL RIVERO: Otros días de la vida

RAUL RIVERO: Otros días de la vida
By RAUL RIVERO
Madrid -- Los once presos del grupo de los 75 de la Primavera Negra que siguen encarcelados en Cuba fueron a parar a la prisión a cumplir condenas de hasta 28 años por decir, entre otras verdades, que el país tendría que hacer un cambio radical para no sepultarse definitivamente en el abismo. Ellos, y la oposición pacífica en general, trabajaban, con las filosofías de sus proyectos, por acelerar y darle profundidad a esas transformaciones.

De modo que, con muchos años de anticipación, vieron, vivieron, tocaron y denunciaron los peligros de una realidad que ahora alarma a los gobernantes y desata un movimiento un poco teatral dedicado a buscar unos cáñamos para detener esa caída o unas colchonetas usadas para ponerlas sobre los peñascos del fondo del barranco.

 

Los prisioneros políticos fueron confinados a los calabozos por describir los peligros de un escenario que para ellos era la vida cotidiana en las bases y los márgenes de la sociedad. Y por sus esfuerzos como ciudadanos para trabajar, mediante propuestas cívicas, por una evolución coherente que sacara a Cuba de la catástrofe que había roto el espejo empañado de la Europa del Este.
En estos días finales del 2010, los que permanecen en las cárceles (40 de sus compañeros ya salieron al destierro) están pagando por la audacia y el coraje de querer permanecer en su tierra y volver a las calles a continuar en la coherencia de sus ideales que, como se sabe, van mucho más allá de unos brochazos en el sector de la economía y de la copia con papel carbón del modelo del capitalismo chino dirigido por el Partido Comunista.
Los once pagan su decisión con la extensión con ensañamiento de su condena, arbitraria desde el primer día. Y por tratar de ejercer el derecho de vivir y luchar decentemente para adelantar un porvenir en el que se pueda pensar con libertad, se celebren elecciones libres, haya partidos de diferentes signos, medios de comunicación sin censura y todos los ciudadanos sean iguales ante las leyes. Las nuevas leyes.
Esta obsesión gubernamental por impedir a un pequeño grupo de disidentes que salga de la prisión y regrese a casa con su familia y a sus planes políticos, es un acto visceral de soberbia. Es una muestra de que el gobierno no está en disposición de que nadie que defienda ideas diferentes a las impuestas por más de 50 años, pueda tener un espacio en ese país.
Las Damas de Blanco, la voz y la presencia del grupo de los 75 desde abril del 2003, mantienen su discurso sin fragilidades por los hombres que siguen bajo los candados. ``El régimen nos está torturando psicológicamente al no querer liberar a nuestros esposos, sabe que esto nos duele y que nosotros hubiésemos deseado estar con ellos en estas fechas tan sagradas'', ha dicho esta semana en La Habana Berta Soler, una de las portavoces de la asociación y esposa del preso Angel Moya, uno de los once.
Es verdad que en estos tiempos de fiestas religiosas y el anuncio del año nuevo la unión de la familia se asume con un significado especial y los reencuentros con los seres queridos están provistos de una carga extra de sentimientos. Pero cualquier día de la vida que un hombre inocente pase en una celda tiene el peso fatal del tiempo, esa presencia inmaterial que el poeta José Lezama Lima definió en La Habana como el disfraz del diablo.