Por Iván García | La Habana
Llegó a su casa un sábado. Luego de 7 años y 8 meses tras los barrotes de una celda y el chirrido de candados chinos, el economista disidente Arnaldo Ramos Lauzuriqua, 68 años, a las 6 y 30 de la mañana de su primer domingo en libertad, se sentó en el parque situado frente al modesto piso donde reside en la barriada de Centro Habana.

Deseaba contemplar el amanecer, respirar aire puro y ver a la gente sencilla cargando jabas (bolsos) para sus compras domingueras. Quería sentirse un hombre libre. Luego de dos horas de meditación, el sol comenzó a calentar la mañana habanera y el ruido de los niños con sus bates, pelotas, patines y balones de fútbol, rompió su hechizo personal.

Entonces Arnaldo Ramos inició la que siempre fue su rutina diaria. Hacer la cansina fila para comprar en un estanquillo la prensa oficial. Es una de sus manías. Recolectar los diarios cubanos y archivarlos en cajas.

"Cuando me detuvieron, el 19 de marzo del 2003, eran cerca de las 9 de la mañana, y la Seguridad del Estado estuvo cinco horas requisando papeles y documentos", comenta sentado en un sillón de caoba.

Ramos, un mulato delgado y corto de estatura, se conserva bien. Es un tipo hiperkinético, de mirada fija y análisis agudos. Su piso está amueblado de forma espartana. Desde hace 45 años está casado con la doctora Lydia Lima, médica ya jubilada. Es padre de dos hijos y abuelo de dos nietos.

Su trayectoria en la disidencia es amplia. Al igual que otros líderes de la actual oposición, en los primeros años de revolución se ilusionó con el proyecto de Fidel Castro.

Antes de comprender que estaban aplaudiendo a un tramposo, Arnaldo trabajó en esa fábrica de tecnócratas que resultó la junta central de planificación, JUCEPLAN, una institución que regía la economía insular y ordenaba la cantidad de botas, peines y cepillos de dientes a fabricar todos los años.

"Luego de graduarme de economía en 1971, comencé a laborar en la JUCEPLAN, con la crema y nata de los gurús económicos del socialismo criollo, como Irma Sánchez y Humberto Pérez. Allí viví, en toda su extensión, la mentira financiera, de cómo se adulteraban las cifras para que coincidiesen con los intereses de Fidel Castro, que se saltaba todas las normas y cuando se le ocurría cualquier plan, por descabellado que fuese, mandaba el proyecto y el organismo debía cumplirlo a pie juntillas".

Sus primeros problemas con el régimen comienzan por los análisis económicos que hacía para el boletín de la JUCEPLAN, en los cuales había críticas solapadas.

"Era la etapa de los miles de millones de rublos que nos enviaba la URSS. Del despilfarro y la improvisación. De enterrar dinero en proyectos quiméricos o de hacer compras en países capitalistas de fábricas super modernas, no acorde con el desarrollo lógico del país. Recuerdo que en 1978, cuando se compraron en Argentina miles de coches para taxis, realicé el informe sin siquiera haber viajado a esa nación", apunta Arnaldo, mientras bebe un refresco instantáneo de naranja.

 

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