elNuevoHerald

By MIRTA OJITO
El actor Danny Glover le envió recientemente una carta al presidente Obama, pidiéndole que le concediera visas humanitarias temporales a Adriana Pérez y Olga Salanueva, esposas de Gerardo Hernández y René González, dos de los cinco cubanos sentenciados en Miami en el 2001 por ``actuar como agentes no registrados de un gobierno extranjero''. Son conocidos como los ``Cinco Cubanos''

Uno de los cinco fue hallado culpable de haber contribuido al derribo de dos avionetas de Hermanos al Rescate por aviones cubanos en 1996, en el que murieron cuatro jóvenes sobre las turbulentas aguas del Estrecho de la Florida. Los espías cumplen condenas que van desde 15 años hasta cadena perpetua.
Llamé al Departamento de Estado para averiguar por qué las visas se han denegado repetidamente. Funcionarios del Departamento de Estado no devolvieron la llamada pero en el pasado, según un informe de Amnistía Internacional, el gobierno de Estados Unidos ha dado razones distintas e ``incoherentes'' para las denegaciones.
No me puedo imaginar lo que pasa por la mente de un funcionario consular de Estados Unidos. Lo que sí sé es que a los presos --no importa a qué gobierno ni a qué causa sirvan-- se les deben permitir visitas familiares, comida, agua, sol, y atención médica.
Glover, actor de películas como The Color Purple y Lethal Weapon, escribe en su carta que no puede ``imaginar el dolor, el sufrimiento, el ansia emocional y el castigo que causaría no ver a la pareja de uno en más de diez años''.
Francamente, yo tampoco.
En busca de la información y los detalles que son el combustible de la imaginación, acudí a Ernesto Díaz Rodríguez, que pasó 22 años, 3 meses y 19 días en las prisiones cubanas.
``Pasé casi siete años en una celda en ropa interior, sin visitas, sin atención médica, sin libros. Estuve meses en huelga de hambre. Quedé casi ciego, casi muerto, sólo podía respirar en una posición. Ni siquiera podía tomar agua, porque los guardias decían que los médicos no la habían ordenado'', relató. ``Sentado, con la espalda contra la pared, podía tocar la otra pared con los pies. La luz no entraba porque los guardias habían soldado planchas de acero sobre las rejas, dejando sólo un hueco para pasar la comida''.
Estaba solo en la celda número 32, en la prisión de Boniato, en Puerto Boniato, en el extremo de un bello valle rodeado por montañas en Santiago de Cuba.
Sí, pero ¿cómo se sentía?, insistí. ``Diría que en esas condiciones, el ser humano pierde el sentido y la sensación del yo'', dijo. ``Uno está confundido. Pierde la noción del tiempo. Los días son duros, largos. A la larga, uno se convierte en una cosa, en un vegetal, sólo esperando que pasen las horas''.
Para sobrevivir, dijo Díaz Rodríguez, ``uno necesita una fuerte fe religiosa o un espíritu fuerte, y la convicción de que lo que uno está haciendo es justo y correcto''.
Díaz Rodríguez, que tenía 29 años cuando lo encarcelaron y 51 cuando salió en libertad en 1991, dijo que tenía lo último: el ``espíritu fuerte'' y la convicción. Lo arrestaron en uno de sus viajes a Cuba, infiltrado para fomentar una revolución desde el interior de la isla para derrocar el gobierno de Fidel Castro. Antes de su arresto, el 4 de diciembre de 1968, había vivido en Nueva York y en Miami, donde trabajaba pintando ventanas. Dejó atrás a tres hijos; el mayor tenía cinco años, el más pequeño, seis meses de nacido.

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