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PEDRO CORZO: Elías Biscet y Armando Sosa, a su manera

elNuevoHerald

By PEDRO CORZO
El proceso por la democratización de Cuba ha sido largo, cruento y no exento de paradojas. Se han usado en estas cinco décadas diversas estrategias y propuestas que diferentes individuos han encarnado, por lo que cuando se mencionan, ya sea en una conversación, en la meditación solitaria o en la discusión más ardiente, la persona evocada representa una manera de actuar que le identifica, pero también sintetiza una conducta que es común a todos esos hombres que fueron capaces de ``tener en sí el decoro de muchos''.

Tal situación se presenta cuando se alude a Oscar Elías Biscet y Armando Sosa Fortuny. Dos generaciones diferentes, experiencias distintas, estrategias de luchas cruzadas, pero ambos de firmes convicciones que les ha conducido a la cárcel y a arriesgar la vida en numerosas ocasiones.
La falta de decoro ha descarriado vasta y profundamente la nación. El fanatismo primero y la miseria crónica después, sacaron a relucir lo más sórdido de incontables personas. La vileza ha sido la mayor cosecha del castrismo. El garrote, muchas veces, y la zanahoria unas pocas, impusieron la doble moral. Se doblegaron espíritus y se compraron conciencias. Se instauró un régimen de fuerza que está cerca de agotar la nación y destruir la vida de la mayoría de los cubanos.
Sin embargo, en ese tremedal, aunque se aproxima a los 52 años, crecieron ciudadanos con todo lo que la palabra implica, como Oscar Elías Biscet y Orlando Zapata Tamayo.
Zapata Tamayo falleció en una huelga de hambre por defender las convicciones que tienen a Elías Biscet en prisión. Por ventura, al igual que ellos, otros jóvenes nacidos y educados bajo el totalitarismo han sido capaces de buscar la ruta de la libertad y el derecho.
Oscar Elías Biscet nació en 1961, dos años después del triunfo de la revolución. A los 24 años se gradúo de médico, lo que no impidió que los represores le convirtieran en objetivo de su depredaciones.
En 1997 creó la Fundación Lawton de Derechos Humanos. Promovió la defensa del derecho a la vida y condenó el aborto. Practicó la desobediencia civil y en 1998 hizo pública una carta en la que denunciaba el sistema de salud cubano por cometer genocidio. Por esta misiva y sus actividades, fue expulsado del centro médico en el que laboraba.
Fue uno de los organizadores del emblemático ayuno de Tamarindo 34. Después de este acto cívico que se extendió por 40 días, fue detenido 26 veces en un lapso de 18 meses, hasta ser arrestado y condenado a tres años de prisión.
La cárcel fue el crisol donde se fundieron sus mejores virtudes. Al salir de la prisión, prosiguió la lucha. De nuevo fue apresado y condenado, en esta ocasión a 25 años. Por su rebeldía y su defensa de los derechos de los demás presos ha sido confinado en celdas tapiadas, recluido en calabozos soterrados y encerrado junto a presos comunes. La maldad no le ha hecho claudicar.
A pesar de los muchos maltratos y abusos que ha sufrido Elías Biscet es un defensor de la No Violencia. Es un ferviente creyente y se ha declarado seguidor de los pensamientos y normas de lucha de Mahatma Gandhi y Martin Luther King.
rmando Sosa Fortuny llevaba dos años presos cuando Elías Biscet nació. Había desembarcado en octubre de 1960 para derrocar el régimen. Uno de sus compañeros murió en combate, diez fueron fusilados, entre ellos tres norteamericanos. Salió de la cárcel 18 años después y partió para el exilio.
En el año 1994, cuando al joven médico Biscet las autoridades cubanas le iniciaban un expediente por peligrosidad, Sosa Fortuny desembarcaba una vez más en las playas cubanas con las armas en la mano para continuar la lucha que había iniciado 34 años antes. Otra vez fue apresado y en esta ocasión sentenciado a 30 años de cárcel.
Cincuenta y dos años después, dos hombres que tal vez no se conozcan, que no comparten estrategias, están en prisión por enfrentar una dictadura. Tal vez nunca sean amigos, es posible que el número de sus diferencias sean mayores que las coincidencias, pero ambos comparten conceptos que se oponen al totalitarismo, cada uno a su manera honra sus convicciones y cohabitan en el estrecho espacio de libertad que se han creado en sus celdas.