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Jarabe para marear

TINTA RÁPIDA
RAÚL RIVERO
Jarabe para marear
GUSTAVO Arcos Bergnes, uno de los hombres que inició, hace un cuarto de siglo, el trabajo a favor de los derechos humanos en Cuba, solía decir cada 31 de diciembre, en la década de los 90, con la marca en su vida de las prisiones de Fulgencio Batista y de Fidel Castro, que se debía esperar el año nuevo con la certeza de que sería el tiempo del cambio definitivo.

Esa ilusión la compartió siempre con el pequeño grupo de hombres que le acompañó al principio. Y con los integrantes de la oposición pacífica que tenía presencia en todo el país cuando él murió, en el verano de 2006.
El veterano rebelde al que, en un momento, le sobraran las sillas de la sala de su casa para su tropa de gente arisca y perseguida, no perdió la fuerza ni en la cárcel, ni en sus periodos de acoso policial en una Habana en la que pronunciar su nombre era un delito político.
Esa filosofía del líder opositor, un lector callado y discreto, tiene en esta época un destello que se puede ver en algunos de los hombres y mujeres que continúan con sus empeños y sus fuerzas entregados a democratizar y liberar Cuba.
Lo enseñaron al mundo en los últimos 12 meses hombres como Orlando Zapata Tamayo, con su huelga de hambre hasta la muerte en una cárcel. Lo hicieron, lo hacen público, las Damas de Blanco, la asociación de familiares de los presos políticos que ha recorrido las calles bajo golpizas, insultos y atropellos.
Reina Luisa Tamayo, la madre de Zapata, acorralada por las brigadas parapoliciales hasta en el cementerio de Banes, el pueblo de oriente donde está sepultado su hijo. Y con una muestra similar de esa fe conmovió al mundo el periodista Guillermo Fariñas, con un ayuno que lo puso a unos centímetros de la muerte.
Creo también que se puede percibir ese espíritu de Arcos Bergnes en los 11 prisioneros políticos cubanos, pertenecientes al llamado grupo de los 75 de la Primavera Negra de 2003. Ellos se niegan a aceptar salir desterrados a España y se mantienen en los calabozos, donde fueron confinados hace siete años, porque han decidido no abandonar su patria y trabajar allá adentro por su ideas.
Ahora que el Gobierno anuncia transformaciones económicas desde el brocal de un pozo negro, los demócratas, los que quieren libertad, desde los sitios más peligrosos y controversiales de la sociedad, sueñan -como Arcos Bergnes- con una modernización radical del país.
Unas medidas que tengan hondura y sustancia. Que no sean un jarabe de marca para que la dirigencia pueda pasar otra vez las 12 uvas de exportación.