CRONICA DE DOMINGO

Raúl Rivero

Madrid – Desde hace muchos años se sabe que en la isla de Cuba conviven dos países en una misma geografía. Uno, el paraíso que dibujan sobre el papel periódico con manía de celebración los panfletos criollos, la radio y la televisión. Otro, el de la vida real, una nación silenciada, pobre, reprimida y sin libertad. El asunto es que, en los últimos tiempos, los pícaros han comenzado a trabajar en la fundación de una tercera opción.

Este nuevo país de ficción tiene la anuencia y la bendición de los creadores de la primera falacia y se presenta como un territorio de aperturas, descubrimientos, oportunidades de comercio, buenos negocios, seguridad de inversiones y desarrollo pleno. Es un edén que comparte una enorme frontera solitaria con el que pintan los gestores del embuste original.

Los gestores de esta aparición todavía en penumbras –aquí utilizo la palabra aparición como sinónimo de fantasma– tienen sus miedos. Esas reservas naturales están basadas en la historia de la gestión avasalladora de sus aliados temporales. Sin embargo, ellos siguen el impulso del síndrome del timbiriche, la porfía por llegar primero a una sociedad devastada por un Estado que se ha portado como el perro del hortelano, que ni produce ni deja producir. Y es también el hortelano.

Ese país que, por el momento, se mueve en ámbitos etéreos (solventes pero etéreos) sin arquitrabes ni columnas, con todos sus enlaces con el diseñado por la propaganda oficial, marca una distancia con el escenario vivo en el que se tienen que mover los grandes sectores de la población cubana, los marginados, la gente que sueña con una transformación verdadera y honda que origine espacios y aire libre para todos.

Esta ensoñación de arquitectura vana trata de abrirse paso en una atmósfera muy difícil. Su entrada tiene un golpe excluyente. Quiere borrar y olvidar a los grupos de luchadores pacíficos que tienen la necesidad de amanecer todos los días en Puerta de Golpe y en Palmarito de Cauto, en Placetas, en Santa Clara, Santiago de Cuba y en La Habana, en los rigores de la cotidianeidad y bajo la vigilancia de la policía.

Las ambiciones fundacionales de estos señores los obligan a llevar en sus cartapacios de trabajo un capitulo destinado expandir y reordenar el oasis verbal de los medios estatales. Y otros acápites, escritos con tinta invisible, que pretenden dejar en blanco, sin una señal ni una mención, las campañas represivas del régimen, los acosos a los activistas de derechos humanos, la persecución al periodismo independiente y el cerco a los blogueros y artistas irreverentes y rebeldes.

Cada uno puede inventar el país que quiera. Pero, hoy por hoy, en todos se van a ver en la oscuridad de sus calabozos al líder opositor santiaguero José Daniel Ferrer y a las Damas de Blanco Niurka Luque y Sonia Garro.

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