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Padre José Conrado: “Mi pueblo sufre y no lo voy a abandonar”

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Padre José Conrado Rodríguez  

Por WILFREDO CANCIO ISLA

 

- El padre José Conrado Rodríguez Alegre no se permite el descanso cuando llega a Estados Unidos. Como ya va convirtiéndose en tradición pastoral, el conocido sacerdote ocupa sus vacaciones para recorrer -cada dos años- las parroquias de ciudades norteamericanas donde se congregan importantes comunidades de católicos cubanos.

El sacerdote cubano José Conrado Rodríguez en Miami, en marzo de 2011
En esta ocasión, José Conrado emprenderá una gira de un mes que lo llevará por 17 ciudades -de Nueva Orleans a Washington, de Chicago a Boston- con un mensaje de concordia y esperanza para sus compatriotas del exilio.
La visita del párroco de la Iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, en Santiago de Cuba, se produce en momentos en que la Iglesia Católica está enfrascada en una inusual negociación con el gobierno cubano para la liberación de presos políticos, mientras el país atraviesa por una difícil encrucijada de transformaciones económicas, despidos laborales y ebullición social.
Conocido por sus posiciones críticas hacia el régimen cubano y su locuacidad sin límites cuando analiza la realidad de la isla, José Conrado no esquiva temas por álgidos que parezcan. No se ha callado en Cuba después de escribirle una dura carta a Fidel Castro en 1994, ni tampoco tuvo reparos en repetir la dosis, en el 2009, cuando hizo pública un exhortación a Raúl Castro para que emprendiera un camino diferente al frente del gobierno.
En esta entrevista con CaféFuerte en Miami, el carismático sacerdote -en vísperas de arribar a los 60 años- aborda candentes asuntos de la mediación de la Iglesia Católica por los prisioneros políticos, disecciona con agudeza el acontecer cubano actual y exalta la determinación de sus compatriotas en el exilio.
El gobierno contra la pared
La mediación de la Iglesia Católica para lograr la excarcelación de presos políticos es un hecho que ha marcado el panorama cubano desde el pasado año. ¿Por qué cree que esa mediación fue aceptada por el gobierno? ¿A qué lo atribuye?
Que se diera por primera vez presencia de la iglesia en una negociación de ese tipo -a ese nivel y con esa magnitud- es el fruto, ante todo, de la constancia y la valentía de un grupo de mujeres, madres, esposas, hermanas y familiares de los presos, que fueron encarcelados injustamente en el 2003. La constancia y la lucha pacífica de las Damas de Blanco ha sido un elemento fundamental junto con la muerte de Orlando Zapata Tamayo, que resultó ser una especie de aldabonazo internacional, además de la inusual resonancia que tuvo dentro de Cuba. Y, sin dudas, la huelga de hambre de Guillermo Fariñas, porque el impacto del fallecimiento de Zapata Tamayo provocó un enorme interés por la situación de Fariñas, o sea, que todo el mundo se sensibilizó con la muerte de Zapata y con la posibilidad de que muriera Fariñas. Es decir, que se creó una situación en la que realmente el gobierno estaba contra la pared y la salida fue iniciar esta negociación que el Cardenal Jaime Ortega propició con su carta al jefe de Estado, porque fue él quien escribió a Raúl Castro diciéndole “Esto hay que resolverlo, aquí hay un problema muy serio y hay que buscarle salida”.
Entonces considera que hubo una voluntad compartida para negociar…
Con relación a la negociación en sí, no cabe duda de que hubo un apoyo de todas las partes, porque nadie quería que muriera Fariñas o que se prolongara la violencia contra las Damas de Blanco, nadie quería que se repitiera lo de Zapata Tamayo, y realmente el problema de los presos ya era una cuestión que pesaba sobre la conciencia nacional. Aunque agobiada por el peso del cada día mucha gente pierde la sensibilidad, llegó un momento en que entre los intelectuales, los blogueros y las personas más motivadas por la cuestión social y la defensa de derechos humanos, comenzaron a percatarse de que la situación era ya muy difícil y estaba a punto de explotar. Y, por supuesto, internacionalmente hubo una presión enorme, con una campaña realista y profunda. Así fue que el gobierno se vio obligado a tomar una decisión correcta, que en este caso fue “Vamos a negociar, vamos a resolver este problema”.
Cuba es una fábrica de presos
Pero usted no parece del todo satisfecho con la solución de deportar a los presos y con las demoras en la excarcelación de los que no quieren abandonar el país. ¿Me equivoco?
Donde se trabó el paraguas fue en la solución que se le dio al problema. Ahí es donde realmente yo siento que hubo un fallo serio. En primer lugar, la capacidad de maniobra de la Iglesia no es muy amplia, porque en última instancia es el gobierno el que pauta lo que se hace y cómo se hace, es decir, que ellos están acostumbrados a ese autoritarismo y son los que cortan el bacalao. Fue también una situación novedosa y una de las cosas que la Iglesia debe aprender es a desempeñar un papel más activo, toda la Iglesia, todos los obispos, que representan a la comunidad que son los pastores. Y hace falta más audacia. Cuando se llega a un punto de gravedad social como el de los prisioneros de conciencia, la situación permitía más audacia. De ahí que la principal salida que se le dio al problema, la deportación de los presos, es, desde todos los puntos de vista, una mala solución. Por supuesto, uno tiene que ver las cosas en el contexto actual de nuestra sociedad. A cualquier cubano que se le ofrezca salir de Cuba en estos momentos se le está ofreciendo el premio gordo de la lotería.
Y entre una cárcel cubana y un avión rumbo a Madrid la decisión parece comprensible, sobre todo por la presión de las familias. ¿No cree?
No es de extrañar que estas personas que cumplieron siete años de prisión, con todo lo que pasaron sus familias, enfrentando miles de dificultades económicas y de todo tipo, atravesando un verdadero calvario para irlos a visitar a cárceles a cientos de kilómetros de sus hogares, pues opten por salir del país sin pensarlo dos veces. Porque en las cárceles de Cuba no hace falta sacarle a la gente las uñas como hacían en tiempos de Fulgencio Batista. Si en un lugar que está previsto para cuatro personas tú metes 16, mañana, tarde y noche, con poca agua y alimento de pésima calidad, lo que provoca eso es ya una tortura terrible. El hedor de las personas, 24 horas en esa situación, en un espacio donde no puedes hacer las necesidades básicas sin evitar salpicar al otro. Eso es lo que han vivido los presos. Entonces, entre esta agonía y la deportación, pues me mandan a China, me voy a China. Y las familias pesaron mucho a la hora de la decisión. Lo sé por casos muy concretos que conozco, el mismo José Daniel Ferrer, de la Causa de los 75, que se ha quedado en Cuba y todavía es de los cuatro que permanecen en la cárcel. Su esposa, los niños, todo el mundo piensa que lo mejor es irse del país, porque aun cuando lo soltaran, está el temor de que vuelvan otra vez a encerrarlo. En Cuba lo que hay que cerrar es la fábrica de presos.
Han pasado 10 meses desde que se iniciara la negociación de la Iglesia Católica con el gobierno y a estas alturas cuentan ya más de 100 presos excarcelados entre los que se han ido a España y los que han decidido permanecer en Cuba. ¿Cuál es su evaluación final de este proceso? ¿Se abre una nueva etapa para la sociedad civil cubana o estamos ante otra vuelta a la noria?
Si fuéramos hacia una convivencia ciudadana, de mayor libertad, de mayor respeto a los derechos humanos, de justicia, algo a lo que realmente tendríamos no solo que aspirar, sino llegar, pues evidentemente te diría que este es el inicio de algo importante y serio. Pero desgraciadamente el gobierno ha sido temeroso, cobarde, no tuvo el valor de enfrentar la libertad de estas personas y que se quedaran a vivir en Cuba. No quiere decir que no se fueran voluntariamente, una cosa no quita la otra, pero la opción de quedarse en Cuba desde un primer momento no se dio y por bastante tiempo no se habló de eso. Es más, cuando yo le pregunté a un obispo que estaba implicado en este proceso, la respuesta fue el silencio… “Bueno, no, hasta ahora lo que hay es salida del país”. Entonces lógicamente entre la cárcel y la salida del país no había mucha opción, ¿no? Hay que considerar también que a los que se fueron no se les dio estatus de refugiados políticos, lo que hubiera significado una serie de garantías para estas personas que ya han sufrido demasiado y que realmente hubieran merecido otro tipo de solución. Ahí la Iglesia debió ser más activa para lograr un mejor tratamiento para nuestros presos, que al fin y al cabo son nuestros hermanos.
Barrabasadas por 52 años
Casi al terminar este proceso han regresado con fuerza los mítines de repudio contra las Damas de Blanco. ¿No le parece un retroceso preocupante?
Evidentemente sí. En meses anteriores se había llegado a suprimir estas expresiones de violencia, que siempre son organizadas, porque cuando el gobierno dijo “No”, no hubo más actos de violencia. Si estén ocurriendo ahora es porque el gobierno dio luz verde para eso. Esto es una responsabilidad que hay que exigirle al gobierno cubano. Eso no se justifica y no le hace bien a ningún cubano, ni de aquí ni de allá ni de acullá, y tampoco beneficia al gobierno. Es malo para todos. Creo que si en Cuba nos sentáramos a conversar de verdad todas las partes, mediando la Iglesia o mediando quién sea, como si quieren buscar de mediador al Santo Padre, pero si de verdad nos sentáramos a conversar los problemas del país respetándonos unos a otros, aceptándonos unos a otros como diferentes… Si hubiera esa buena voluntad de querer resolver los problemas del país ante la situación tan grave que tenemos, eso sí sería un motivo de esperanza, de aliento, y diría, mira, pues estamos por un buen camino.
¿Pero cree usted que el gobierno esté dispuesto a conversar con los cubanos que piensan que el país debe conducirse de otra manera?
Los procesos sociales se inician de una manera más sencilla y que no se haya dado todavía no quiere decir que no se vaya a dar. El gobierno necesita en estos momentos una seria reflexión para descubrir que hay otras maneras de gobernar, que hay otras maneras de ejercer el poder y que son más convenientes para ellos y para todos. La Iglesia para eso tendría que ser muy constante y muy activa, porque si el gobierno ha tenido la actitud positiva de querer que la Iglesia participe en esta negociación de la manera en que lo ha hecho, sería realmente fabuloso que pudiera participar en una real mediación en el futuro. Y, por supuesto, yo me apunto a eso. Todo lo demás que no sea una conversación a profundidad sobre el futuro de Cuba apunta a resolverle las urgencias a un Estado que lleva 52 años haciendo barrabasadas. Y no se puede seguir transitando por las mismas calles cuando las calles esas están tan malas. Vamos a coger por otro camino que sea, como decía Martí, por todos y para el bien de todos. Porque de eso se trata: de todos los cubanos sin exclusiones.
Cuando se discuten sobre los retos de la Cuba futura, siempre aflora la misma pregunta: ¿cuál es la parte más dañada y más difícil de reconstruir? ¿Cómo respondería usted?
La parte espiritual es la más compleja y la más difícil de resolver. Si por un milagro hubiera una inyección de riqueza en Cuba y el gobierno cubano tomara una serie de medidas -como ha pasado en China y Vietnam- para propiciar una recuperación económica, eso podría hacerse en relativamente poco tiempo. Bastaría crear un ambiente de expectativas que generara la creatividad del cubano, cosa que no hay que ser un gran artista para lograrlo. Ahora, cuando un pueblo se acostumbra a la hipocresía, a la mentira, a la doble cara, al robo, al irrespeto de las personas que piensan diferente a ti… Cuando un pueblo se acostumbra al miedo, esos son problemas muy serios.
Una herida en el corazón
Y el fenómeno del éxodo, que sigue siendo una constante cubana…
No cabe duda. Cada vez que sale un cubano de Cuba es como que a mí se me hiciera una herida en el corazón. Así lo siento. Porque me parece tan torpe no darse cuenta que nos estamos convirtiendo en una isla de ancianos, porque los jóvenes o se van o se quiere ir, se tiran la mar, o como sea. Pero esa es la realidad; no hay futuro. Desde el punto de vista económico, cuando un economista ve esa realidad dice, bueno, pero dentro de 15 años dónde va a estar este país. Porque la tasa de nacimientos es baja, parece un país del primer mundo en cuanto a tasa de nacimiento. Somos gente que vivimos bastante tiempo y el peso de los ancianos en la sociedad es enorme… El problema es que un país necesita renovación, necesita juventud, necesita niñez… si no, nos abocamos al desastre.
¿Cuáles son las preocupaciones cotidianas de la gente en Santiago de Cuba, de los feligreses que van a su parroquia?
La primera preocupación es comer las veces se pueda comer en el día. Eso de las tres veces, entre paréntesis, no es fácil. La gente trata de sobrevivir. En este momento se añade una preocupación muy grande, que es si quedan cesantes o no, quién va a tener trabajo en la familia. Porque en Cuba se ha sobrevivido gracias a que la familia es muy solidaria, es decir, que se comparte lo que se tiene y si trabaja uno comen todos. La otra cuestión fundamental es la desesperanza, el no ver una salida, el no ver un cambio, el no ver que se vaya a mejor, sino al contrario, la percepción es que vamos a peor, a peor, a peor… No es sin marcha atrás, es sin marcha adelante.
Una preocupación latente es que el descontento popular puede derivar en explosiones públicas, con una salida violenta. ¿Es evitable la violencia en Cuba?
No creo que nadie sensato, nadie medianamente cordial, pueda querer una salida violenta en Cuba. En todos los sentidos es un fracaso del espíritu y del corazón de la nación y sería de consecuencias terribles. Eso nadie lo quiere, ciertamente. Pero al mismo tiempo yo digo que hay muchas formas de matar y de morir, y de prolongar irrestrictamente una situación que tiene como consecuencia la muerte del espíritu humano, la muerte de los valores del ser humano, eso también es una guerra terrible. Y desde el punto de vista ético hay una situación muy grave. Por supuesto, no solo desde el punto de vista ético, es también desde el punto de vista económico, social, cultural… Nada se queda fuera de esta situación y hay que buscarle salida, hay que buscarle solución. Soy un hombre que cree en Dios y sé que Dios nunca pone a sus hijos en una situación que no tenga salida. Hay una salida, pero hay que poner todos los medios en función de encontrarla.
Signos de esperanza
De las cosas que están sucediendo hacia el interior de la sociedad cubana, ¿cuáles son las señales que le parecen más estimulantes?
El movimiento de los blogueros alternativos es un proceso indetenible. Eso se inició y seguirá. Me he reunido muchas veces con ellos, tengo una relación profunda de amistad con muchos de ellos. Son gente formidable realmente, de una simpatía, de una inteligencia viva, de una libertad interior, de un espíritu de fraternidad entre ellos. Y mucho humor, ciertamente. Tú sabes que lo peor que se puede ser en Cuba es pesao. Y esta gente es muy liviana en el sentido de la simpatía y al mismo tiempo muy profunda, porque es gente que piensa y mantiene un diálogo serio sobre la realidad que vive. Diría que ese es el picante nuevo de la situación cubana, que coincide con con un movimiento paralelo entre los intelectuales, con críticas muy fundamentadas y agudas. Siempre pongo de ejemplo la última novela de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros. No he leído antes en Cuba un libro tan fuerte, escrito por un cubano que vive en la isla. Es una crítica feroz al totalitarismo, asumida con matices, desde ángulos muy sutiles, muy hondos, muy reales. Creo que son signos claros de esperanza. En la Biblia hay un fragmento de uno de los profetas que se pregunta: “¿No ven que ya están surgiendo las yemas, que ya empiezan a surgir las nuevas ramas? ¿Es que no lo ven?”. Esa cita me recuerda mucho la situación actual de Cuba. Hay mucho pesimismo, hay mucho cansancio, hay resentimiento acumulado porque aquello se las trae, pero al mismo tiempo uno ve una libertad interior, una libertad de pensamiento, un arrojo y un compromiso ético en muchas personas… A mí eso me alimenta espiritualmente y me da mucha esperanza.
De todos los sacerdotes que viven y predican en Cuba, usted es quien mantiene el diálogo más continuo y la presencia más sistemática entre los exiliados. ¿Cuáles son los motivos de esa especial sintonía con el exilio?
El tema del exilio es como una herida abierta. Tengo esa herida abierta desde que tomé conciencia del fuerte sentido de identidad que existía entre los cubanos que se habían ido de Cuba. Cuando una persona salía de Cuba, para nosotros que nos quedábamos allá, era como si esa persona se hubiera muerto. Sicológicamente, cuando mis primos se fueron de Cuba yo hasta dejé de pensar en ellos, porque el trauma de pensar en ellos, el dolor de que no nos podíamos ver, de que prácticamente no nos podíamos comunicar… pues uno borraba esa parte de su historia, adormecía esa parte del corazón. Cuando conocí el exilio a través de mi familia y a través de –tengo que decirlo- de María Cristina Herrera, realmente fue una especie de deslumbramiento . El reencuentro con mi familia, ver que había permanecido el amor, fue como reencontrarme con la mitad de mí mismo. Entonces a partir de ahí he reflexionado mucho.
Una enorme injusticia
¿A qué conclusiones ha llegado? ¿Cómo van a cerrarse finalmente esas heridas sentimentales?
Creo que el gobierno cubano comete una enorme injusticia en quitarles la patria -porque hay que decirlo así, no hay otra forma- a las personas que se fueron. La forma de tratar a los cubanos que están en el exterior, el hecho de que no pudieran regresar por tantos años, que cuando pudieron regresar fue con tantas restricciones, con esa necesidad de una visa, como si no fueran cubanos, y que se les haya negado el derecho a ser parte de lo que es de ellos y de lo que ellos forman parte, que es la patria. Porque a diferencia de otros tantos inmigrantes, los exiliados cubanos llevan a Cuba en el corazón, les duele Cuba. Y para mí una de la cosas que la Iglesia Católica tendría que hacer ya es establecer puentes, propiciar que el exilio se sienta parte de la Iglesia, que esos vínculos se renueven a un nivel profundo, sobre todo el exilio católico con relación a la Iglesia Católica. Por por una cuestión de justicia y de deber, les estamos debiendo eso. Yo le digo a la gente de mi parroquia en Santiago de Cuba que tengo dos parroquias: una pequeña, Santa Teresita del Niño Jesús, y una grande, que es el exilio.
¿Cómo podría ayudar el exilio en esta hora crucial de Cuba?
La primera ayuda es la solidaridad en la oración. Quizás yo diría que el exilio debiera reflexionar y repensar cuáles son las mejores maneras de influir en la situación de Cuba, porque muchas veces se respaldan políticas y se mantienen actitudes que no han dado resultado. No sé si habría que pensar en abrir las perspectivas y tener más imaginación. La otra cosa, sin duda alguna, es el apoyo a los familiares que quedan dentro de Cuba. Sería importante también que en el cuarto centenario de la Virgen de la Caridad, la Iglesia convocara a una renovación espiritual. Siempre se habla de que Cuba está muy mal. Pero hay una cosa muy cierta: todos los seres humanos necesitamos conversión. Muchas veces en nuestras vidas hay cosas que no van bien, que nos hacen menos humanos, egoístas, que nos separan de los demás, que nos encierran en nosotros mismos, que nos separan de Dios y del camino del Dios. Esa conversión de las personas, de las familias y de las comunidades cubanas hacia Dios y hacia la renovación espiritual debiera ser un programa de la Iglesia Católica.
Por su vocación social y sus declaraciones polémicas, usted sigue siendo una piedra en el zapato que suele incomodar al gobierno y, en ocasiones, a la jerarquía católica. ¿Está el padre José Conrado preparado para una asignación forzosa fuera de Cuba?
Para nada. Ya esa asignatura la aprobé y no pienso cursarla de nuevo, porque saqué buenas notas. Estuve dos años y medio fuera de mi país y de mi Iglesia, entre 1996 y 1998. Lo hice por respeto a mi Obispo [Monseñor Pedro Meurice], que me lo pidió, y yo soy un hombre de Iglesia, soy un hombre obediente, pero ya se dio. Y no, porque además siento que Dios me pide estar al lado de mi pueblo y que mi lugar está en Cuba. Pase lo que pase, allí. No sé qué va a pasar conmigo, pero allí me quedaré. Eso no tiene vuelta de hoja y, por demás, mi mamá tiene 85 años, vive en Santiago de Cuba y está ciega. No voy a dejar a mi mamá detrás ni la voy a sacar a la aventura de una vida en otro país, porque ella se quedó en Cuba por mí. Entonces, ¿cómo voy ahora a irme y dejarla? Además de esa razón fundamental, están las miles de razones eclesiales, patrióticas, éticas, que a mí me exigen quedarme al lado de mi pueblo cuando mi pueblo sufre. Y no lo voy a abandonar. El pastor no abandona a las ovejas.