Viernes Santo en usufructo

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Fotograma de 'La Pasión de Cristo', 2004.

Antonio José Ponte
Madrid | 06-04-2012 - 10:38 am.

Hoy, día feriado de celebración religiosa, ¿condenará la Iglesia la violencia del Estado?

Una consulta al calendario oficial cubano de días feriados deja ver que, descontada la Navidad adoptada hace 14 años, no hay fecha que no esté relacionada con el régimen de los hermanos Castro. Unos días de enero y de diciembre conmemoran, no el final e inicio de un ciclo cósmico, sino el triunfo de sus armas en 1959. Tres feriados de julio celebran el ataque fallido a un cuartel militar, el Día del Trabajo pertenece al sindicato único, y el aniversario del alzamiento de La Demajagua, ocurrido cuando Ángel Castro no había llegado a la Isla entre la tropa española, pertenece a la saga de ambos hermanos desde que, en 1968, el mayor de ellos dispuso que una misma revolución venía rodando desde hacía 100 años.

 

Según reza ese calendario, el día feriado navideño fue instaurado "como gesto ante la visita que realizó el papa Juan Pablo II a Cuba en enero de 1998". Y a partir de hoy podría quedar incluido también el Viernes Santo. Así se lo pidió Benedicto XVI al general Castro. La nota en Granma cuenta que, momentos antes de su partida, éste avisó al Papa su voluntad de que, en carácter excepcional, el país entero feriara este viernes. En cuanto a las Semanas Santas venideras, "se reservaba a los órganos superiores de la Nación la determinación definitiva".

 

Con esta inclusión segunda, la Iglesia vuelve a colarse en el coto más exclusivo de cualquier dictadura: el dominio del tiempo. Nacimiento y muerte del mayor héroe de otra saga, Jesús, convive con las efemérides principales de la saga castrista. Dos de los diez feriados de este año corresponden a la Iglesia Católica, que detenta el 20 % del calendario oficial.

En 1998, Juan Pablo II ofició su misa habanera de espaldas a la Biblioteca Nacional, en eje perpendicular al eje de las concentraciones políticas. La tribuna para Benedicto XVI fue dispuesta en la misma cardinalidad desde la cual hablara Fidel Castro. (No en el mismo punto, por supuesto, sino a unos metros de allí y a menor altura.) Esta corrección axial, esta cuasi coincidencia, atañe no solo al lugar desde donde hablar, sino también al tipo de discurso. Al menos así lo declaró el embajador de la República de Cuba ante la Santa Sede, Eduardo Delgado Bérmudez, al afirmar que con la Iglesia "estamos hablando el mismo idioma y no hay por qué no hablar el mismo idioma".

Para agregar después: "Lo que persigue la revolución cubana es lo mismo que persigue la Iglesia Católica".

Un mismo idioma y un mismo objetivo a perseguir. El obispo Aranguren y el cardenal Ortega pidiendo a la policía que echase de los templos a unos opositores políticos. La reproducción en Granma, sin cambiarle siquiera una coma, de la declaración del Arzobispado sobre tales hechos.

Nada de política

"Nosotros no ponemos condiciones a Su Santidad", reconoció el embajador cubano ante la Santa Sede, "pero lógicamente para el pueblo cubano y para el Gobierno sería penoso que un grupo que no representan a nada, que son mercenarios, que actúan contra la nación cubana, fueran recibidos por Su Santidad".

El diplomático hablaba en nombre del gobierno y del pueblo y convertía la posible entrevista del Papa con opositores en un conato de conflicto internacional: esos opositores estaban a las órdenes de un país enemigo y, en caso de recibirlos, Benedicto XVI abogaría por la intromisión estadounidense en los asuntos de Cuba.

Acto seguido de esa advertencia policial, Delgado Bérmudez desplegaba cierta cortesía: "El Papa puede tener un encuentro [con opositores] aunque, por supuesto, el fondo de eso sería una manipulación política". Y afirmaba que la visita papal "no es política y no hay que politizarla".

En la reunión dedicada a los preparativos santiagueros para la visita del Papa, el vicepresidente Esteban Lazo ordenó que nadie portara "consignas políticas, ni carteles ni mensajes audiovisuales de ningún tipo". De igual modo, distintos portavoces de la Iglesia  cubana desestimaron el cariz político de la visita de Benedicto XVI.

Política parecía ser toda aquella pretensión que no viniese de las autoridades castristas y católicas. Porque los Castro y el Vaticano practicaban políticas tan supuestas que se hacían imperceptibles. Y podría escuchárseles la misma recomendación que tanto ofrecía Francisco Franco, caudillo: "Haga como yo, no se meta en política".

Los opositores, además de faltos de representatividad y a sueldo de intereses extranjeros, lo politizaban todo. Entraban a una iglesia y eran capaces de subvertir el espacio sagrado. Pedían audiencia al Papa con el fin de sabotear las buenas relaciones entre Estado e Iglesia. Querían echar a perder ese sueño tan bonito de que un segundo Papa visitara Cuba.

La Iglesia recibe sus prebendas

Vuelto ya al Vaticano, en su audiencia pública del pasado miércoles, Benedicto XVI declaró que la Iglesia "no pide privilegios, sino poder proclamar y celebrar públicamente la fe, llevando el mensaje de esperanza y de paz del Evangelio a todos los sectores de la sociedad".

El punto débil de este argumento es que en la sociedad cubana cualquier derecho puede considerarse privilegio. Unos gramos de carne vacuna, una antena parabólica, café en grano, una conexión a internet, la aclaración pedida a la policía… No importa lo nimio del detalle, éste sería capaz de alzarse como una prebenda.

Prebenda, del latín, renta propia de un canonicato u oficio eclesiástico. Prebenda: cualesquiera de los antiguos beneficios eclesiásticos superiores de las iglesias catedrales y colegiatas.

Del lenguaje de los administradores de la fe. De contables del Vaticano o del Partido: "estamos hablando el mismo idioma y no hay por qué no hablar el mismo idioma". En Cuba, las autoridades donan el más socorrido de los derechos como si se tratara de un milagro. Y en los dos últimos años han fluido las prebendas a la Iglesia. Se trata, por supuesto, de un flujo relativo, de una generosidad relativa.

La Universidad Católica de San Antonio de Murcia (UCAM) inauguró en octubre de 2010 dos sedes educativas en La Habana, dedicadas a estudios de postgrado de Desarrollo Social y de Negocios.

El 3 de noviembre de ese mismo año abrió el nuevo Seminario de San Carlos y San Ambrosio, primer centro de ese tipo construido durante el régimen castrista. En la ceremonia inaugural, el cardenal agradeció a los hermanos Fidel y Raúl Castro (este último de guayabera presente) el apoyo recibido. El Estado, según reconociera Ortega, había otorgado "facilidades para las importaciones indispensables, el pago en moneda nacional a precio de costo de materiales y servicios".

El 25 de diciembre de 2010, día feriado, el cardenal Ortega recibió autorización para oficiar misa a los presos católicos del Combinado del Este, la mayor prisión del país.

En febrero de 2011 fue firmado un acuerdo de colaboración docente y de investigación entre el Centro de Bioética Juan Pablo II, de la Iglesia Católica, y la Universidad de La Habana.

En noviembre pasado fueron devueltos a la Iglesia los locales comerciales de los bajos de la Catedral de Santiago de Cuba, que habían dejado de ser propiedad eclesiástica desde antes de 1959.

Ese mismo mes quedó inaugurado en el antiguo Seminario de San Carlos y San Ambrosio, de La Habana Vieja, un complejo cultural que alberga un Centro de Estudios Eclesiásticos (dedicado a la filosofía, la psicología y los estudios sociales), un Museo Arquidiocesiano, salas de cine y de conciertos, y espacios para exposiciones.

Según estimaciones de fuentes católicas, en octubre de 2010 se contabilizaban en la Isla decenas de pequeñas publicaciones parroquiales y de diversos grupos, 46 boletines y revistas, 12 sitios web y siete boletines electrónicos, publicaciones que llegaban, de manera directa o indirecta, a más de un cuarto de millón de lectores.  

La Iglesia recupera, aunque esporádicamente todavía, el acceso a los medios de comunicación. Días antes de la llegada de Benedicto XVI, la televisión estatal difundió un mensaje de media hora del cardenal. En noviembre pasado, Ortega apareció en televisión, al término del peregrinaje de la Virgen de la Caridad del Cobre. Un canal televisivo emitirá hoy el sermón desde la catedral habanera.

Por último (y esta no es una lista exhaustiva), el embajador cubano ante la Santa Sede anunció que La Habana y El Vaticano estudian desde hace dos años la firma de un tratado para darle estatus jurídico a la Iglesia Católica de Cuba. Un acuerdo que regule el manejo de los bienes de la institución, aunque sin llegar a la creación de escuelas católicas.

¿Qué pudo incentivar de esta manera, hace dos años, las buenas relaciones entre el régimen castrista y el catolicismo? La única explicación plausible pasa por esos mercenarios de poca representación social empeñados en hacer política. En abril de 2010, el cardenal intercedió por las Damas de Blanco ante el general Castro. El 19 de mayo (aniversario de la muerte de Martí, por lo que esto pueda significar) se iniciaron las conversaciones entre Raúl Castro, el cardenal Ortega y el presidente de la Conferencia Episcopal, arzobispo Dionisio García.

Trataban las conversaciones de presos políticos, pero no iban a limitarse a ese tema. "La excarcelación de prisioneros es un aspecto, pero el proceso de diálogo puede y debe alcanzar otros temas y generar otros frutos en bien de nuestro país", prometió el vocero del Arzobispado.

Hablan castristas y católicos

Ortega y García, cardenal y arzobispo, accedieron al diálogo oficial gracias a la represión contra las Damas de Blanco, a la muerte en huelga de hambre de Orlando Zapata Tamayo, a las huelgas de hambre de Guillermo Fariñas, a las condiciones en que se encontraban los presos políticos, a la labor de disidentes, activistas políticos, periodistas independientes y blogueros.

La situación se había hecho excesivamente peligrosa y visible. Las imágenes de represión y los episodios de violencia contados por quienes los padecieran estaban convirtiéndose en condena internacional, acarreaban descrédito a un régimen basado en su leyenda propagandística.

Raúl Castro debió intuir que era preciso buscar una salida. Pese a sus indecisiones, Ortega se había visto obligado a hacerle una reclamación. La policía política pidió identificación a los feligreses a la entrada de una iglesia. Los hombres del régimen acosaban a un puñado de mujeres que eran, al fin y al cabo, católicas.

El general Castro no hablaría directamente con los opositores. ¿Cómo iba a rebajarse a escuchar peticiones de boca de unos mercenarios? No los legitimaría con su trato, pero sí que podía discutir sus suertes por persona interpuesta. Y para ello convocó a aquellos dignatarios. La Iglesia no sería intermediario, sino lugarteniente suyo. El propio Ortega hablaría con cada uno de los casos, se encargaría de pacificar el ambiente.

Bien sabía el cardenal que, antes que velar por los opositores, tendría que quedar bien con las autoridades. Pondría cuidado en no abortar tan provechoso diálogo, en congraciarse con Raúl Castro. Porque (como no tardó en verse) presos y opositores iban y venían, pero los jefes políticos parecían inamovibles. Y de cuán complacido quedara el general dependía la suerte inmediata de la Iglesia y la relevancia del cardenal dentro de ella.

Ortega se mostraría capaz de insistir al teléfono, no dudaría en presionar a los presos para que se acogieran a destierro. (A la tesis de que él no sabía entonces que no habría regreso para quienes salieran del país, esta pregunta: ¿dónde puede encontrarse su protesta posterior?) Pedro Argüelles Morán ha testimoniado cómo debió sufrir en prisión el acoso del cardenal Ortega, de un reeducador y de una psicóloga, empeñados los tres en echarlo del país.

Presos, opositores y Damas de Blanco no eran, a la larga, más que un pretexto para que la Iglesia y el Estado conversaran. Una vez tranquilizado el panorama mediante la deportación de prisioneros, tratarían calmadamente otros temas. Monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García-Menocal, entrevistado en el espacio televisivo del cantante y compositor Amaury Pérez, pudo afirmar que la relación entre autoridades políticas y católicas era ya "completamente normal, como puede ser en cualquier otro país".

Incluso "mejor que en muchos", aseveró.

Benedicto XVI iba a desentenderse de las Damas de Blanco. El vicario de Cristo no estaba obligado a prestar atención a quienes sirvieron de peldaños para llegar hasta el general Castro. No había siquiera que apelar a coartadas verosímiles, podía mentirse con impunidad. O acaso era la mala conciencia la que hacía que cambiaran de evasivas continuamente.

Primero se habló de agenda apretada, aunque hubo tiempo para recibir  a Fidel Castro y familia fuera de programa. Luego, de que no atenderían a las Damas de Blanco, aunque en alguna homilía serían mencionadas. No ocurrió tal mención (Benedicto sí que habló del embargo estadounidense), y entonces se informó que el tema de los opositores había sido tratado con Raúl Castro. Sin embargo, preguntado por detalles, el portavoz papal dijo desconocerlos. Hasta que, al término de la visita, cuestionado ese mismo portavoz por la falta de un minuto para los opositores, se salió con la excusa de que "no era posible reunirse, en medio de esta multiplicidad, con tal o cual grupo".

Los opositores eran gente a sueldo de intereses extranjeros, no gozaban de representatividad, lo politizaban todo y, encima, eran desunidos o plurales.

Excusa tras excusa, la estancia del Papa fue rebajándole cada vez más sus posibilidades. Mencionarlos en el diálogo privado con Raúl Castro (si es que así ocurrió) era la consecución de lo hecho por Ortega y García dos años antes. Más efectiva habría sido alguna alusión en las misas, del mismo modo que James Carter mencionara al Proyecto Varela ante las cámaras televisivas cubanas. Y, aún mejor, un encuentro con el Papa.

De haber ocurrido esto último, las Damas de Blanco habrían pasado de tema de diálogo o discurso a sujetos activos de la política. Sin embargo, la pretendida mediación de la Iglesia Católica excluye la legitimación de los opositores. No está entre las metas de esa mediación (y es esto lo que la hace tan dudosa) el dejar alguna vez hablando a solas a opositores y gobierno. Por el contrario, la Iglesia no tiene entre sus planes soltar esa tutela, sino consumirla. Consumir del todo a sus tutelados. Empezó hablando por los opositores para alcanzar después un punto en el cual las razones de éstos no se escucharon más. Lo suyo no era fomentar el diálogo entre distintas posiciones políticas, sino usurparlo.

Días antes de la llegada de Benedicto XVI, Ortega notificó a L'Osservatore Romano que no quedaban presos políticos en las cárceles cubanas.

En medio de la violencia del Estado

Su Santidad Benedicto XVI ofrendó misas en medio de detenciones, golpizas, prisiones domiciliarias, cortes telefónicos y amenazas. La celebración de este Viernes Santo, incluido en el calendario oficial, ocurre en medio de redadas y detenciones y golpizas. Ido el Papa, una de las Damas de Blanco se enfrenta a ser procesada.

Es muy posible que este Viernes Santo termine sin una declaración de la Iglesia respecto a todo cuanto ocurre. Puede que ni siquiera el recuerdo de la pasión y muerte de Jesús incline al cardenal Ortega y sus obispos a condenar la violencia del Estado. No en balde el general Castro hizo un feriado de excepción: la Iglesia goza en usufructo de este Viernes Santo y tiene en juego los venideros.

Haber oficiado misa sin chistar cuando por razón de esa misma ceremonia encarcelaban gente, es lo más cercano a bendecir el desvelo de quienes reprimen. Dejar pasar un Viernes Santo convertido en fiesta nacional sin alzar la voz por tanta gente perseguida, es empujar la tribuna de la misa hasta hacerla coincidir con la tribuna del dictador.

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