Daniel Morcate

Algo ha dejado bien claro la visita del Papa a Cuba: el nerviosismo de los Castro por el auge de la oposición democrática está alcanzando niveles de paroxismo. Esto explica la ferocidad con que su policía política realizó arrestos en masa, inclusive la de un hombre que reclamaba libertad en la misa papal en Santiago; visitó viviendas de opositores para advertirles que no protestaran ni asistieran a las misas; y soltó a sus mastines en la isla y en el extranjero, sobre todo en Miami, para que descalificaran a los protagonistas de las protestas, acusándoles de estar manipulados por Estados Unidos y exiliados recalcitrantes. Pero mucho más claro quedó que, a pesar de la intensa represión, en la isla se consolida una oposición audaz, valiente y lúcida que presagia los profundos cambios democráticos que hemos anhelado siempre los cubanos libres estemos donde estemos.

El régimen castrista creyó haber planeado hasta el último detalle para sacarle el máximo provecho político a la visita de Benedicto XVI enfrentando un mínimo de protestas y críticas. Durante meses previos a su viaje amenazó a opositores, activistas de derechos humanos y periodistas independientes – perdón por la redundancia, pero es para distinguirlos de los papagayos oficiales - para que se abstuvieran de protestar e informar sobre las incidencias de la visita. Días antes de que arribara el Papa, arrestó a centenares de opositores, montó vigilancia policial 24 horas alrededor de las viviendas de muchos; inhabilitó durante días enteros sus teléfonos con la complicidad de Etecsa, la empresa telefónica estatal y de Telecom Italia; y llenó los eventos papales de militantes comunistas a los que movilizó mediante sus organizaciones de masas.

También se dio el lujo de aprobar, mediante un meticuloso escrutinio policial, qué peregrinos y periodistas podían viajar a la isla durante la visita papal. De entrada vetó a católicos a los que consideró políticamente incorrectos. Y a casi todos los periodistas del sur de la Florida, especialmente a los de origen cubano que no promueven sus intereses, para que no pudieran aportar sus conocimientos de primera mano de la realidad cubana a los reportajes que salieran de la isla. El Vaticano, lamentablemente, no le exigió a La Habana esta vez que les permitiera viajar a la isla, como hizo durante la visita de Juan Pablo II hace 14 años. El elaborado esfuerzo de censura del régimen hace especialmente encomiable el trabajo que realizaron medios extranjeros para sortearla y ofrecer al público la mejor cobertura posible, dadas las difíciles circunstancias en que trabajaron sus corresponsales.

Pero el protagonismo principal de la visita papal lo tuvo, además del propio Benedicto XVI, la oposición cubana. Sus dirigentes comprendieron que este acontecimiento era demasiado importante para Cuba como para dejarlo en manos de la dictadura y de la Iglesia. Y con perspicacia y arrojo organizaron manifestaciones, suscribieron declaraciones enérgicas y ofrecieron entrevistas reveladoras a periodistas extranjeros, superando innumerables riesgos personales, para que el mundo pudiera enterarse, por enésima vez, de la esclavitud que padecen los cubanos y de las ansias de democracia y libertad que tiene la mayoría. Ansias que van mucho más allá del espacio que en la isla pretende abrirse la Iglesia. Esta actitud firme e inteligente de la oposición quedó plasmada en una elocuente frase de la escritora Yoani Sánchez, frase que además capta el valor fundamental de las dos visitas papales a la isla: "La cruz siempre es un lugar más digno que el trono de una dictadura". Aunque muchos cubanos, por supuesto, no apostamos ni por el trono ni por la cruz.

No sé si, luego de la visita de Benedicto XVI, Cuba será más católica que antes como desea la Iglesia. Pero estoy convencido de que tendrá una oposición más articulada, más coherente y mejor fogueada en el arte de la resistencia a una dictadura tan anacrónica como implacable que solo sabe hablar el lenguaje de la fuerza y la brutalidad.

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