LA HABANA, Cuba, diciembre, www.cubanet.org -En estos días he evocado mi ya lejana estancia en la cárcel de alta seguridad de Agüica, Colón, a raíz de ser publicado el documento La Patria es de todos. El motivo principal de mis remembranzas es la noticia, difundida hace unos días, de la huelga de hambre iniciada en ese centro de horror por el preso político Pedro de la Caridad Álvarez Pedroso en reclamo de su libertad.

Recuerdo que, a mi arribo a ese centro penitenciario, fui a parar de cabeza a la llamada “Área de Seguridad”. El tenebroso Emilio Cruz Rodríguez, más conocido como El Chacal de Agüica (entonces jefe de Orden Interior, y ahora alcaide, en premio a sus innumerables atropellos contra los reclusos), me explicó que, desde el punto de vista técnico, no se trata en puridad de una zona de castigo, pero debo decir que es lo más parecido a eso que he conocido.

Allí, en la planta alta del Edificio 3, los reos no tienen acceso ni siquiera a los medios masivos oficialistas. Ahora que se habla de una nueva visita papal a nuestra Patria, recuerdo que mi estancia en aquel paraje coincidió con la llegada a Cuba de Juan Pablo II, de la cual, en mi cubículo, sólo me enteré por el estruendo de los cañonazos protocolares disparados en su honor, que retumbaban en los televisores de otros pisos.

Durante aquel encierro arbitrario conocí a Marcelino Rodríguez Vázquez, entonces el único otro preso político en el Área de Seguridad. Meses más tarde, tras mi traslado al destacamento de los reos pendientes de juicio, él me presentó a Álvarez Pedroso, con quien convivía en una celda a cuya ventana yo tenía acceso cuando era sacado al sol.

Debo aclarar que esos dos hermanos de lucha anticomunista realizaron actos violentos; en el caso de Pedro de la Caridad, tiroteó un hotel de Varadero, ocasionando daños, aunque ninguna desgracia personal. Sus métodos no son los mismos nuestros, pero no tenemos derecho a criticarlos, porque los usaron frente a un régimen que no da el menor resquicio legal para ser cambiado por vía pacífica. A quienes los censuran desde el oficialismo, les recuerdo que esos mismos medios —y otros aún más sangrientos— fueron los utilizados por el actual equipo gobernante durante su trepa al poder.

Cuando llegué a Agüica, ya Álvarez Pedroso llevaba más de ocho años encarcelado. Tras mi partida de allí, ha continuado recorriendo ese calvario hasta el día de hoy; en total, casi dos decenios. Le falta otro más para extinguir la brutal sanción de treinta años que le impusieron los tribunales castristas.

Por supuesto que, en casos como éste, uno no puede evitar comparar la situación de él con la del fundador de la actual dinastía y sus secuaces. Por asaltar el Cuartel Moncada, ocasionando veintenas de muertos, el castigo más severo fue el asignado al jefe: quince años de reclusión, ¡exactamente la mitad de lo impuesto a Pedro de la Caridad, quien no derramó ni una sola gota de sangre!

Pero lo más curioso de todo es que aquéllos sólo permanecieron encerrados durante un par de años, mientras que mi ex compañero de reclusión en Agüica lleva ya veinte en prisión, y al cabo de todo este tiempo se ha visto obligado a emplear el recurso extremo de la huelga de hambre para tratar de encontrar una salida a su angustiosa situación.

Esperemos que el general Raúl Castro y sus compañeros de gobierno militar, que han sabido —aunque con muchos años de retraso— permitir que los presos de conciencia salgan de su injusto encierro, solucionen casos como los de Pedro de la Caridad Álvarez Pedroso y otros valerosos cubanos que, en resumidas cuentas, han hecho cosas que no se diferencian demasiado de las que ellos mismos realizaron en su día.

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