RAÚL RIVERO

EM2 CULTURA

El cielo de Cuba que tengo presente, el que recuerdo con un azul más intenso y definido, es el que vi la mañana que me sacaron de la cárcel. Ese es el color que asocio con el fin de un drama personal que comenzó una tarde de abril de 2003 con dos docenas de policías en mi casa empeñados en confiscar desde las fotos de mis hijas hasta el apunte de un poema de amor muerto entre la punta del bolígrafo y una hoja blanca.

La memoria es incapaz de serle infiel al sufrimiento. Así es que lo recuerdo todo como una sucesión de escenas (en blanco y negro) en un calabozo junto a tres narcotraficantes, las jornadas de interrogatorios y la certeza de que el estado quería borrarme de la vida en el proceso de obligarme caminar con la mirada en el piso, las manos cruzadas en la espalda y la decisión de cambiar mi nombre por el número 701.

 

Sí, aquí están unos jueces adormilados y ajenos, vestidos por los queridos de sus mujeres, con la orden de condenarme a 20 años de prisión porque describía lo que pasaba en mi país y publicaba mis opiniones. Y por aquí pasan ahora los oscuros pasillos de una prisión de provincia por la que voy esposado y escoltado por dos carceleros, directamente hasta una celda de castigo, en solitario, con mi pasado en la cabeza como un sombrerón del tamaño del techo y una manera de ver la soledad que me daba miedo.
Tenía presente el abecedario que me enseñaron en la calle algunos veteranos presos políticos que cumplieron largas condenas. Canta en voz alta y cuenta las hormigas, decían, porque así escucharás una voz humana y la noche llegará enseguida y el tiempo sin libertad es una sola estación sombría.
Lo mejor de la cárcel son los sueños. En ese planeta volátil uno puede tener, entre la ventana tapiada y la puerta de hierro, aventuras, encuentros con la gente que se ama (vivos o muertos) y amanecer con la idea de que se ha hecho un viaje sin que ninguno de los guardianes de las garitas vieran entrar ni salir a nadie.
Allá adentro, hallé otra manera de soñar. Blanca Reyes y un amigo español me hicieron pasar el diccionario de María Moliner y algunos libros de poesía. De modo que el tiempo que me permitía mi necesidad de sobrevivir, mi batalla privada contra la violencia, el hambre, los bichos, la suciedad y la desesperanza, entraba en la palabra pura, leía, escribía y me volvía a escapar, esta vez en pleno día, de los vigilantes de una prisión de alta seguridad.
El día que podía escribir un verso o María me enseñaba una palabra nueva, la poesía me salvaba del odio y me hacía más libre que mis verdugos. Hasta que vi ese pedazo de cielo azul que ha venido conmigo a Madrid.

 

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